Evangelio
Y se puso a hablarles en parábolas: “Un hombre plantó una viña, la cercó con una valla, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos viñadores y se ausentó. A su tiempo envió un siervo a los viñadores para recibir de ellos parte del fruto de la viña. Pero ellos, aprehendiéndolo, lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo; a éste le hirieron la cabeza y lo trataron con desprecio. Envió de nuevo a otro, y a ese lo mataron; y a muchos otros: a unos los golpearon, a otros los mataron. Le quedaba todavía uno, su hijo amado; se lo envió el último, pensando: ‘Respetarán a mi hijo’. Pero aquellos viñadores se dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Venid, matémoslo, y será nuestra la herencia’. Y, aprehendiéndolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, acabará con esos viñadores y dará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: ‘La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser piedra angular; esto ha sido hecho por el Señor y es maravilla a nuestros ojos’?”. Y buscaban prenderlo, pero temían a la multitud, porque comprendieron que había dicho la parábola contra ellos; y, dejándolo, se marcharon.
Reflexión
La parábola de los viñadores nos muestra el corazón humano que, cegado por la codicia, quiere adueñarse de los dones de Dios. San Justino, mártir, entregó su vida por negarse a adorar ídolos, proclamando que solo Dios es Señor. Hoy, la tentación de apropiarnos de lo divino se manifiesta en el uso deshumanizador de la inteligencia artificial, olvidando que somos administradores, no dueños. En Japón, donde la tecnología avanza junto a tradiciones ancestrales, esta parábola resuena con fuerza: el orgullo de poseer conocimiento puede apartarnos de reconocer al verdadero dueño. El Papa León XIV, en su encíclica sobre la dignidad humana, nos llama a usar la IA para servir al hombre, no para dominarlo. Pidamos al Señor la humildad de San Justino para no caer en la tentación de adueñarnos de lo que es suyo, y para usar todo don con responsabilidad, buscando siempre su gloria y el bien del prójimo.




