Published On: 28 de mayo de 2026449 words2,2 min read

Evangelio

Se acercó uno de los escribas que los oyó discutir; viendo que les había respondido bien, le preguntó cuál era el primero de todos los mandamientos. Jesús respondió: “El primero es: ‘Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento mayor que éstos”. Le dijo el escriba: “Bien dicho, Maestro; tienes razón al decir que Él es uno y no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevía ya a interrogarlo.

Reflexión

En el Evangelio de hoy, un escriba pregunta a Jesús cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús responde citando el Shemá: amar a Dios con todo el ser y al prójimo como a uno mismo. El escriba comprende y Jesús lo declara ‘no lejos del Reino’. Este diálogo revela la esencia de nuestra fe. Estos mandamientos no son cargas, sino luces que orientan nuestra vida hacia Dios. Amar a Dios con todo el corazón implica una entrega total, y amar al prójimo es la prueba concreta de ese amor. En Japón, donde la armonía social es valorada, este llamado resuena: el amor a Dios trasciende lo privado y se hace servicio. La clave está en integrar ambos amores, pues son inseparables. Japón, con su rica tradición de respeto y comunidad, puede encontrar en este mandamiento una profundización. El concepto de ‘wa’ (armonía) se asemeja al amor al prójimo, pero necesita ser fundado en el amor a Dios. La cultura japonesa a menudo prioriza el deber; Jesús invita a un amor personal y gratuito. Para los católicos japoneses, vivir estos mandamientos significa testimoniar que Dios es la fuente de todo amor. Hoy, pregúntate: ¿Cómo amo a Dios en mi rutina diaria? ¿Y a mi prójimo? Dedica un momento a agradecer por el don de los mandamientos y pide la gracia de vivirlos con alegría. Un gesto concreto: ofrecer tu trabajo del día como acto de amor a Dios y servir a alguien necesitado.

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