Evangelio
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le decían, pues, los otros discípulos: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dice a Tomás: «Trae aquí tu dedo: mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído; dichosos los que crean sin haber visto».
Reflexión
La confesión de santo Tomás, «Señor mío y Dios mío», resuena en cada Eucaristía cuando el sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Como Tomás, también nosotros dudamos; queremos tocar, ver, entender. Pero Jesús nos invita a ir más allá: «Dichosos los que crean sin haber visto». La fe no se apoya en evidencias sensibles, sino en la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia.
En la Eucaristía, el pan y el vino conservan su apariencia, pero nuestra fe reconoce el Cuerpo y la Sangre del Señor. Es el mismo misterio que Tomás tocó: la humanidad y divinidad de Cristo. Al comulgar, repetimos su gesto de adoración, aunque no veamos sino con los ojos del alma.
En Japón, donde la fe católica es minoría y a menudo desafiada por una cultura de lo visible y lo material, los creyentes experimentan una profunda comunión con Tomás. La perseverancia de los cristianos japoneses, que durante siglos mantuvieron la fe sin sacerdotes ni sacramentos visibles, es un testimonio de que «creer sin haber visto» es posible. En los pequeños templos ocultos entre rascacielos, el mismo Jesús se hace presente en la Eucaristía, invitando a cada fiel a pronunciar: «¡Señor mío y Dios mío!».
Propongámonos hoy, al inicio de la Misa, repetir interiormente esta oración de Tomás. Que nuestra fe sea fortalecida para reconocer a Cristo en el pan consagrado, y para llevarlo a un mundo que necesita ver su amor encarnado en nuestras vidas.




