Evangelio
En aquel tiempo tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
Reflexión
Jesús alaba al Padre por revelar el misterio del Reino a los pequeños. En nuestra vida diaria, la acumulación de saberes y responsabilidades tiende a complicarnos, pero el Evangelio nos invita a la humildad y la sencillez de corazón. San Antonio María Zaccaria, presbítero, supo encarnar esa mansedumbre, llevando el yugo suave de Cristo. La verdadera madurez espiritual no está en la complejidad sino en la confianza filial. En Japón, la cultura valora la simplicidad y la pureza, como en el arte del té o el jardín zen, que buscan la esencia despojada de lo superfluo. Esa misma estética se une a la llamada de Jesús a hacerse como niños para entrar en el Reino. Hoy, podemos dejar nuestras cargas a sus pies, aprender de su mansedumbre y buscar en la oración la paz que solo Él da. Practiquemos un momento de silencio, dejando atrás la ansiedad, y abracemos la ligereza de su amor.





