Evangelio
Mientras les decía esto, se acercó un jefe, se postró ante él y dijo: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Y he aquí que una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto, porque decía para sí: «Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana». Jesús se volvió, la vio y dijo: «Ánimo, hija; tu fe te ha salvado». Y desde aquel momento quedó sana la mujer. Al llegar Jesús a la casa del jefe y ver a los músicos y el alboroto de la gente, dijo: «Retiraos, porque la niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de él. Pero cuando echaron fuera a la gente, entró, la tomó de la mano y la niña se levantó. Y la noticia se divulgó por toda aquella región.
Reflexión
La hemorroisa nos conmueve: doce años de sufrimiento, gastando todo en vano. Su toque tímido al manto de Jesús es un grito de fe desesperada. Cristo no solo la sana, sino que la llama ‘hija’, devolviéndole dignidad. En nuestra vida, a menudo buscamos alivio en cosas terrenas que nunca sacian. En Japón, donde el estrés laboral y la soledad son enormes, muchos recurren al trabajo, la tecnología o las tradiciones sintoístas y budistas. Sin embargo, solo Cristo ofrece la respuesta completa. Una mujer japonesa convertida al catolicismo compartió que, tras años de buscar en filosofías orientales, encontró paz al tocar a Jesús en la Eucaristía. Hoy, con Santa María Goretti, recordemos que la pureza de corazón nos permite tocar a Jesús sin miedo. Anímate a dar ese paso: hoy, en la oración, extiende tu mano hacia Él, confiando en que su poder transforma nuestra muerte en vida.




