Evangelio
Y ahora me voy a aquel que me ha enviado. Y ninguno de ustedes me pregunta: «¿A dónde vas?». Sino que, por haberles dicho estas cosas, la tristeza ha llenado su corazón. Pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio: en lo referente al pecado, ciertamente, porque no han creído en mí; en lo referente a la justicia, en verdad, porque me voy al Padre y ya no me verán más; y en lo referente al juicio, entonces, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.
Reflexión
Jesús anuncia su partida y, en vez de consuelo, provoca tristeza en los discípulos. Hoy, con los santos mártires Nereo, Aquiles y Pancracio, entendemos que la ausencia física del Señor es necesaria para recibir al Paráclito. El Espíritu Santo no es un sustituto, sino la presencia que interioriza a Cristo en la Iglesia. En Japón, una cultura donde la ausencia a menudo habla más que la presencia (ma, 間), este mensaje resuena profundamente: el silencio de Dios no es abandono, sino preparación para un encuentro más íntimo. El Espíritu convence al mundo de pecado, justicia y juicio, invitándonos a una conversión sincera. ¿Cómo acogemos al Consolador en nuestra vida diaria? Permitamos que el Espíritu transforme nuestra tristeza en gozo, nuestra soledad en comunión, y nuestro juicio en misericordia. Que, como los mártires, demos testimonio de que el Señor está con nosotros hasta el fin del mundo.



