Evangelio
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros». Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Reflexión
Hoy, la liturgia nos sitúa en el cenáculo: puertas cerradas, discípulos paralizados por el miedo. Es el retrato de nuestra fragilidad cuando el temor nos aísla. Pero irrumpe Jesús resucitado: «Paz a vosotros». No es una paz superficial; es su presencia que disipa toda tiniebla. Al mostrar las llagas, revela que el dolor no es el final: todo ha sido transformado por el amor. Luego, sopla sobre ellos: «Recibid el Espíritu Santo». Es el aliento creador que renueva la faz de la tierra. El Espíritu no es un concepto abstracto: es el amor mismo de Dios derramado en nuestro corazón, que nos capacita para perdonar y ser testigos. En Pentecostés, la Iglesia nace como sacramento de reconciliación y misión. En Japón, donde la armonía grupal es vital pero también fuente de presión, el miedo al rechazo puede encerrarnos en silencios. El Espíritu rompe esas puertas: nos da la valentía de perdonar y recibir perdón, de salir de nosotros mismos hacia los demás. Hoy, pide al Espíritu que te libere del miedo que te impide amar. Abre las puertas de tu corazón; Él quiere llenarte de su paz y enviarte a ser instrumento de su misericordia.


