Evangelio
Cuando salía para ponerse en camino, uno corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre.» Él respondió: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él la mirada, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchos bienes.
Jesús, mirando alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron asombrados por sus palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios para los que confían en las riquezas! Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Ellos se asombraban todavía más y se decían: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús, mirándolos, dice: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.»
Reflexión
La pregunta del joven rico resuena en cada corazón: ¿qué debo hacer para vivir para siempre? Jesús lo mira con amor y le ofrece el camino total: dejar lo seguro, compartir con los pobres y seguirlo. El joven se entristece porque sus bienes le atan. Aquí se revela la trampa de la autosuficiencia: pensar que podemos ganar el cielo con nuestras fuerzas. Jesús desenmascara esa ilusión: solo Dios es bueno, solo Él da la vida eterna. El joven cumple mandamientos, pero su corazón está dividido. La invitación es a soltar todo, no solo cosas, sino la confianza en lo propio. En Japón, donde el esfuerzo (ganbaru) y la disciplina son altamente valorados, este Evangelio confronta: la salvación no es logro, sino don. La cultura japonesa aprecia la pureza de intención, pero a veces confunde mérito con gracia. San Beda, San Gregorio VII y Santa María Magdalena de Pazzi nos muestran que seguir a Cristo implica desprendimiento total. Hoy, podemos preguntarnos: ¿qué nos impide soltar? Quizá no son riquezas materiales, sino seguridades emocionales, prestigio o planes propios. Jesús nos dice: lo imposible para el hombre es posible para Dios. Abandonémonos confiadamente, pidiendo la gracia de vaciarnos para llenarnos de su amor.


