Evangelio
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.
Reflexión
La Santísima Trinidad nos revela que Dios no es una soledad infinita, sino una comunión de amor. La frase ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito’ nos sumerge en el misterio del amor divino. Los primeros discípulos, al experimentar a Jesús, comprendieron que Él es el Hijo eterno del Padre, enviado no para condenar, sino para salvar. Este amor no es abstracto: se encarna en nuestra historia. En Japón, donde la armonía y el respeto son pilares culturales, la Trinidad nos invita a descubrir que la verdadera unidad surge del amor que se entrega. Los japoneses valoran el ‘wa’ (armonía), pero a veces les cuesta aceptar un amor tan gratuito. La Trinidad nos enseña que la reciprocidad nace del don. Hoy, podemos imitar a María, que visitó a Isabel movida por el amor. Su disponibilidad refleja la respuesta al amor trinitario. Pidamos la gracia de creer en este amor que nos salva y nos impulsa a amar sin medida, especialmente en nuestras relaciones cotidianas. Que cada acción sea un eco del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.



