Evangelio
Se le acercaron unos saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le propusieron esta cuestión: “Maestro, Moisés nos escribió: Si muere el hermano de alguno y deja esposa, pero no deja hijos, su hermano debe tomar a la viuda y dar descendencia a su hermano. Había siete hermanos: el primero tomó esposa y murió sin dejar descendencia. El segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; lo mismo el tercero. Y así los siete la tomaron y no dejaron descendencia. Finalmente murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa”. Jesús les dijo: “¿No estáis en error por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio, sino que serán como los Ángeles en el cielo. Y respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo le habló Dios diciendo: ‘Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados”.
Reflexión
Los saduceos, incrédulos ante la resurrección, plantean una trampa sobre el matrimonio eterno. Jesús responde que en el cielo seremos como ángeles, no sujetos a las leyes terrenales. Su enseñanza revela que Dios es un Dios de vivos, no de muertos: Abraham, Isaac y Jacob viven en Él. Esta verdad nos llama a superar la lógica humana y confiar en el poder divino que trasciende la muerte. Santos Carlos Luanga y sus compañeros, mártires en Uganda, entendieron esto: murieron por su fe, seguros de que la vida no termina en el sepulcro. En Japón, la historia de los mártires de Nagasaki muestra un testimonio similar: ante la persecución, la esperanza en la resurrección les dio fuerza para no renunciar a Cristo. Hoy, en nuestras pequeñas muertes cotidianas -fracasos, enfermedades, pérdidas-, podemos vivir la misma confianza. El matrimonio y las relaciones humanas, aunque valiosas, son una sombra de la comunión perfecta con Dios. Acción: Agradece hoy por un ser querido que ya partió, rezando por su descanso eterno. Renueva tu fe en que Dios lo tiene vivo en su amor. Vive cada acto con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra.




