Published On: 18 de junio de 2026309 words1,5 min read

Evangelio

No acumulen para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín destruyen y donde los ladrones perforan y roban. Acumulen, más bien, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín destruyen, y donde los ladrones no perforan ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo está dañado, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tiniebla, ¡cuánta será la oscuridad!

Reflexión

La llamada de Jesús a acumular tesoros en el cielo nos confronta con nuestras prioridades. San Romualdo, abad, entendió esta verdad radicalmente: dejó el mundo para buscar a Dios en la soledad. En la cultura japonesa, tan marcada por la productividad y la eficiencia, es fácil caer en el afán por lo material. El ojo sano del que habla Jesús es una mirada limpia que ve más allá de lo caduco. La luz del cuerpo es el ojo; si nuestro ojo espiritual está dañado por la codicia, todo nuestro ser se oscurece. Incluso la religión puede volverse un medio para obtener beneficios terrenales. Sin embargo, el tesoro verdadero es Cristo mismo, y nuestro corazón debe estar anclado en Él. En Japón, donde la búsqueda del éxito puede ser abrumadora, el testimonio de San Romualdo nos invita a una sencillez radical y a la confianza en la Providencia. Hoy, podemos preguntarnos: ¿qué tesoro estamos acumulando? ¿Nuestro corazón está en lo temporal o en lo eterno? La acción concreta es revisar nuestro día para ver dónde invertimos tiempo y energía, y redirigirlos hacia lo que permanece.

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