Evangelio
El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a ustedes recibe, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me envió. Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; y quien recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Y quien dé de beber, aunque sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa.
Reflexión
Jesús nos confronta con una elección radical: amarlo a Él por encima de todo, incluso de los lazos familiares más queridos. No es un desprecio, sino una reordenación del amor para que sea auténtico. En la cultura japonesa, los lazos familiares son sagrados; pero a veces pueden impedir el seguimiento total de Cristo. La clave está en entender que Dios es la fuente de todo amor. Al ponerlo primero, nuestro amor a los padres e hijos se purifica y se fortalece. La cruz representa el desapego necesario para no idolatrar a nadie. Jesús promete recompensa por un vaso de agua: cada gesto de amor en su nombre tiene valor eterno. En Japón, la presión familiar puede ser abrumadora. Los conversos al cristianismo a menudo sufren incomprensión. Pero la comunidad cristiana se convierte en una nueva familia, donde se recibe a los profetas y justos. Este pasaje invita a mantener la fidelidad a Cristo, confiando en que su amor transfigura la familia. Hoy, pregúntate: ¿Hay algún vínculo que esté ocupando el lugar de Dios en tu corazón? Ofrece un pequeño sacrificio por tu familia, como ayunar o rezar un rosario por ellos. Recibe a un hermano necesitado como al mismo Cristo.


