Evangelio
Al llegar a la otra orilla, a la región de los gerasenos, le salieron al encuentro dos endemoniados que salían de entre los sepulcros; eran tan feroces que nadie podía pasar por aquel camino. Y gritaron: “¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?”. A cierta distancia de ellos estaba paciendo una gran piara de cerdos. Los demonios le rogaron: “Si nos expulsas, mándanos a la piara de cerdos”. Él les dijo: “Vayan”. Ellos salieron y se metieron en los cerdos; y, de pronto, toda la piara se precipitó por el acantilado al mar y murió en las aguas. Los porqueros huyeron y, llegando a la ciudad, lo contaron todo, incluso lo de los endemoniados. Entonces toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su comarca.
Reflexión
En el Evangelio de hoy, Jesús expulsa demonios a una piara de cerdos que se precipita al mar. Los habitantes, atemorizados, le piden que se vaya. A menudo, el miedo nos impide reconocer la acción de Dios. El exorcismo revela el poder de Cristo sobre el mal. Los demonios reconocen a Jesús como Hijo de Dios, pero los hombres prefieren alejarlo. En Japón, donde tradiciones como el sintoísmo enfatizan la armonía con la naturaleza, este acto parece romper el orden establecido. Sin embargo, la victoria de Jesús nos invita a confiar en su misericordia. La fe nos permite ver más allá del miedo. En Japón, el miedo a lo sobrenatural (obake) a menudo lleva a evitar lo desconocido. Como los gerasenos, muchos japoneses pueden rechazar a Cristo por temor a que perturbe sus costumbres. Pero Jesús no viene a destruir, sino a sanar y liberar. Su poder muestra que el mal tiene un límite, mientras que su amor es infinito. Como el samurái que busca la verdad, el cristiano está llamado a enfrentar sus miedos con la espada de la fe. Señor, aumenta nuestra fe para no huir ante tus signos. Que en las dificultades recordemos que Tú has vencido al mundo. Abre nuestros ojos para verte obrar incluso en lo caótico.





