Published On: 8 de julio de 2026376 words1,9 min read

Evangelio

Y al ir, proclamen: “El Reino de los cielos se ha acercado”. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No lleven oro, ni plata ni cobre en sus cinturones; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o aldea donde entren, averigüen quién hay en ella que sea digno y quédense allí hasta que se vayan. Al entrar en la casa, salúdenla diciendo: “Paz a esta casa”. Y si la casa es digna, su paz reposará sobre ella; pero si no lo es, su paz volverá a ustedes. Y si alguien no los recibe ni escucha sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de sus pies. En verdad les digo: en el día del juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.

Reflexión

La memoria de san Agustín Zhao Rong y sus compañeros mártires nos enfrenta al radicalismo del Evangelio. Estos mártires chinos, muriendo por su fe, encarnaron la entrega total que Jesús pide. En el Evangelio, Cristo envía a los apóstoles sin nada: sin oro, sin alforja, sin sandalias. ¿Por qué? Para que aprendan a confiar en la Providencia divina. No se trata de despreciar lo material, sino de no poner en ello el corazón. El obrero merece su sustento, nos recuerda Jesús: Dios provee a través de los demás. Pero esta confianza no es pasividad; es acción inspirada por la fe. La Iglesia en Japón conoció esta pobreza evangélica durante los siglos de persecución. Los cristianos ocultos, sin sacerdotes ni sacramentos, dependieron completamente de la gracia de Dios y de la solidaridad comunitaria. Su fe, transmitida en secreto, es testimonio de que el Reino se acerca cuando nos desprendemos de nuestras seguridades. Hoy, en medio de una sociedad que valora la autosuficiencia, estamos llamados a vivir la gratuidad: hemos recibido gratis el amor de Dios, y debemos darlo gratis. Podemos empezar por compartir nuestro tiempo, escuchar al necesitado, desprendernos del exceso. Al hacerlo, experimentamos que Dios nunca falta.

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