Evangelio
En aquel tiempo tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Reflexión
En este día en que celebramos a San Buenaventura, Doctor de la Iglesia, el Evangelio nos muestra a Jesús dando gracias al Padre por revelar sus misterios a los pequeños. San Buenaventura, gran teólogo, nunca perdió la humildad: supo que todo conocimiento viene de Dios y se sintió un niño ante Él. Nosotros, a menudo llenos de sabiduría mundana, complicamos nuestra fe con orgullo y exigencia. Pero Dios se esconde de los soberbios y se manifiesta a los humildes. Ser pequeño no es ser inmaduro, sino confiar plenamente, maravillarse ante la creación y depender del amor del Padre. En Japón, la cultura valora la cortesía y la sencillez en el arte del té o el orden de un jardín, pero también hay presión por el éxito y la eficiencia. Muchos japoneses viven estresados, perdiendo la capacidad de asombro. El Evangelio nos invita a recuperar la mirada del niño: descubrir a Dios en lo cotidiano, en un paisaje o en un gesto amable. Como los niños pequeños en Japón que se inclinan respetuosamente, aprendamos a inclinar nuestro corazón ante Dios. Hoy, pidamos la gracia de la sencillez: dejar de juzgar con dureza, agradecer más, y asombrarnos ante la vida. Señor, hazme pequeño como Tú quieres, para que en mi corazón quepa todo tu amor.





