Evangelio
Llegan a Jericó. Cuando salía de allí con sus discípulos y una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo, un ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús de Nazaret, comenzó a gritar: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llaman al ciego y le dicen: «Ánimo, levántate, te llama.» Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús, tomando la palabra, le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le dijo: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» Y al instante recobró la vista y le seguía por el camino.
Reflexión
El ciego Bartimeo, sentado junto al camino, oye que Jesús pasa y grita: ‘Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.’ Aunque no ve, su fe reconoce al Mesías. La multitud lo reprende, pero él insiste. Jesús lo llama, y Bartimeo arroja su manto, símbolo de sus seguridades, y se acerca. Jesús pregunta: ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Él pide ver. Jesús responde: ‘Vete, tu fe te ha salvado.’ Al instante ve y sigue a Jesús. En Japón, donde la presión social impone silencio, este grito es un acto de valentía. Muchos japoneses viven una ceguera espiritual, sumidos en el trabajo o la tecnología. La fe de Bartimeo nos desafía a romper el silencio y buscar a Cristo con insistencia. Arrojar el manto significa dejar las seguridades mundanas para seguir a Jesús. Hoy, podemos imitarlo: gritar a Jesús en la oración, abandonar nuestros apegos y pedir la luz de la fe. En el contexto japonés, ser testigos audaces del Evangelio es posible si confiamos en la misericordia de Dios.



