Evangelio
Al bajar de la montaña, le siguieron grandes multitudes. Y, he aquí, se le acercó un leproso; se postró ante él y dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Jesús extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”. Y al instante quedó limpio de la lepra. Entonces Jesús le dijo: “Mira, no lo digas a nadie; pero ve, preséntate al sacerdote y ofrece el don que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Reflexión
Jesús baja del monte y se encuentra con un leproso. Este hombre, marginado por la ley, se postra y confía: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Jesús, conmovido, extiende la mano y lo toca. En la cultura judía, tocar a un leproso significaba volverse impuro. Pero Jesús invierte la lógica: en lugar de contaminarse, Él purifica. Su gesto revela que el amor es la raíz de la Ley. No la anula, sino que la cumple plenamente, llevándola a su fin: la misericordia. El leproso curado es enviado al sacerdote para ofrecer el sacrificio prescrito, testimonio de la obra de Dios.
En Japón, la lepra fue históricamente estigmatizada. Los leprosos eran aislados en sanatorios, como el de Nagashima, donde vivían separados de la sociedad. La Iglesia en Japón, siguiendo el ejemplo de Cristo, fundó comunidades para acogerlos. El beato Justo Ukon Takayama, samurái cristiano, defendió a los leprosos y cuidó de ellos. Hoy, muchos japoneses sufren exclusiones sutiles: los ancianos, los enfermos mentales, los que no encajan. Jesús nos enseña a tocar esas heridas con respeto y amor, rompiendo barreras.
Hoy, ¿a qué ‘leproso’ puedo acercarme? Puede ser un familiar mayor, un compañero de trabajo solitario o alguien que sufre en silencio. No necesito curar milagrosamente, pero sí ofrecer una palabra, una presencia, un gesto que dignifique. Que mi mano sea extensión de la mano de Cristo, que toca para sanar.





